Que Dios Nos Perdone | Especímenes

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Por Jorge Aceña

Lejos de extenderse en la divulgación de constantes recovecos de repleta oscuridad en torno a las miserias y fatalidades sociales comprendidas en un cerco temporal determinado, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen subvierte buena parte de la linealidad pragmática del thriller común y lo transforma en una unidad extralimitada en referencia a la pronunciación simbiótica entre carácter y estilo, genuino entronque entre la vileza humana y la fustigación retroactiva mediante un proceso de investigación frenético y apabullante.

Con “Stockholm”, la magistral y desconcertante ópera prima de Sorogoyen, ya se percibía una intencionalidad arriesgada en permutar la corriente usual de un género cinematográfico concreto, y en su consecuencia, llegar a establecer un desbarajuste conforme se rescinde la vía transitada sobre una primeriza contemplación y asimilación de conceptos. “Que dios nos perdone” no es tanto una transfiguración acentuada de una síntesis aparentemente corriente sino una película de suspense abierta a una mayor exposición de subtextos y muestrarios que van mucho más allá del simple mecanismo argumental.

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Quizá existan muchas más alusiones escondidas tras su hipnótico y absorbente juego que las apreciadas a simple vista. Bajo un consonante símil distinguido en el espacio donde se suceden los hechos – equiparación entre el Madrid asfixiante del verano de 2011 y el mismísimo averno, donde la propia ciudad, que acoge en ese momento a la figura del Papa, esconde a sus demonios –, “Que dios nos perdone”, haciendo uso de la reiteración en base al estudio complejo del contexto histórico y social que rodea la trama, maneja con absoluta destreza y elocuencia la historia de dos policías y su implicación en el caso de un asesino en serie suelto por las calles, pero a su vez sorprende aún más en el intento de inmiscuirse en las profundidades de un terreno dominado por el desamparo y la turbación, es decir, en su descripción alusiva de las facetas personales de los protagonistas, en su parentesco – dentro del marco crítico – con las miserias y crímenes que ellos mismos persiguen.

“Que dios nos perdone”, tratándose de un polo claramente opuesto a su anterior trabajo – diferencia abismal entre las dos películas realizadas por Sorogoyen – en cuanto a concepción y ejecución de un proyecto cinematográfico, deja claro que su director ya no es solo un talento emergente, sino un peso pesado dentro del panorama actual. Resulta admirable la forma en la que el cineasta se desenvuelve manejando un thriller con habilidades pasmosas, la utilización primordial del espacio y su significado, de implicación patente, con el devenir argumental. Tanto esto como la presencia de dos mastodontes de la interpretación, el siempre deslumbrante Antonio de la Torre – papel con dificultad añadida a la hora cambiar la metodología de expresión – y un sobresaliente Roberto Álamo, quien se come a la pantalla a bocados, hacen de esta película una experiencia tan brutal como sofocante. Tan entretenida como excepcional.

ESTRENO EN CINES 28 DE OCTUBRE

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