Elle | Frío, frío

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Por Julio Gálvez

Fue Paul Verhoeven, un señor holandés de 78 años cuya época dorada como director parecía haber quedado en el pasado. Él revolucionó el último festival de Cannes con su irreverente Elle, una propuesta que fascinó a la crítica casi tanto como la alemana Toni Erdmann, el título más aplaudido del certamen. Al margen de la corrección política y las convenciones sociales, el cineasta se aproxima con frialdad a una historia extrema.

Basada en la novela « Oh… » del escritor francés Philippe Djian, la película gira en torno a Michelle (Isabelle Huppert), estricta ejecutiva en una compañía dedicada a la producción de videojuegos. Cuando un hombre enmascarado entra en su casa y la viola, la empresaria ni siquiera avisa a la policía e intenta proseguir con su vida cotidiana, mientras trata de identificar a su agresor.

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Si la premisa resulta sorprendente, la primera escena del filme, en la que un gato observa con indiferencia la agresión sexual a la protagonista, evidencia que Verhoeven no tiene inconveniente en herir sensibilidades. También confirma que el realizador no está dispuesto a recorrer caminos ya transitados. En efecto, tras enfocar la tierna cabeza del felino y concluida la violación, la reacción de Michelle no deja claro si solo está atemorizada o también sorprendida y, quizá, halagada. La imprevisibilidad domina desde entonces una narración que aspira de forma deliberada a jugar con el espectador y provocar a partir de un tema tan sensible como las agresiones sexuales. Sin embargo, la malévola y audaz partida resulta bastante hueca y tan fría que termina por generar una notable indiferencia. La incorrección política de Elle busca y consigue un impacto inicial, pero detrás de la conmoción, apenas hay sustancia o emociones, pese a su disfraz feminista. Y, desde luego, recurrir a la violación para plantear el empoderamiento de la mujer resulta, cuanto menos, cuestionable y, en este caso, poco creíble. Pero, con toda probabilidad, Verhoeven no estaba preocupado por la credibilidad, la profundidad o las implicaciones de su artefacto rompedor, sino que únicamente buscaba desconcertar a la audiencia.

Si la gelidez de la narración y sus personajes convierte en tarea complicada experimentar una mínima empatía, al menos los negros diálogos sobre parentela y religión en las escenas familiares sí provocan una sonrisa. La creyente vecina de Michelle, la relación de su madre con un gigoló y la paternidad de su hijo ofrecen algunos de los mejores momentos de Elle. Es en esas secuencias cuando la temperatura se eleva y la cinta abandona la nevera.

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Pese al desapego, el director neerlandés rueda con fluidez y logra transmitir cierto suspense durante gran parte del metraje. La sobria fotografía y el ágil montaje son acertados aliados del cineasta.

Y ahora, hablemos de Isabelle Huppert, que domina la película de principio a fin. Ella es Elle. Con su habitual sutileza y capacidad para dar vida a personajes distantes, esta amante de los riesgos y desafíos interpretativos ofrece un trabajo de alto nivel marcado por la naturalidad y contención. La introspección de Michelle es tal que dificulta reconocer sus verdaderas intenciones y, de hecho, es probable que ni siquiera ella misma las comprenda. Todos los detalles y gestos se encuentran bajo el control de Huppert. Pese a tanta genialidad, la labor de la actriz francesa resulta demasiado familiar. ¿Nos hemos malacostumbrado a la excelencia o sus personajes resultan bastante similares?

ESTRENO EN CINES 30 DE SEPTIEMBRE

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