Buscando a Dory | La incentivada esencialidad del viaje

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Por Jorge Aceña

Ahorrándonos la necesaria intromisión formativa de un prólogo en cuya información se establezcan sendas descriptivas de un universo más que conocido por todos, la más profunda idealización a la hora de hablar de la factoría Pixar salta automáticamente como si se tratase de una mecanización sorprendentemente instantánea, en la que en cualquier caso se distingue en ella la gran cualidad de la proliferación magnificente de los valores esenciales de la vida, con los que aflora toda una variedad de sentimientos en base a la suprema originalidad de cada uno de sus planteamientos y a su orientación distintiva, deshaciéndose de toda restricción y enfocando la totalidad de sus historias tanto para el mundo adulto como, evidentemente, para los más pequeños.

El sentido, la esencia, el alma, el fin, la naturaleza… el gen particular de Pixar – llámenlo como quieran – se basa  en la transformación interior del ser en un modelo ciertamente caracterizado por la diversidad de espacios y territorios insondables, en donde los personajes se aventuran y con los que poco a poco crecen, llegando a establecer casi involuntariamente una incentivada trascendencia respecto al viaje, sinónimo del crecimiento existencial. Asimismo, todos y cada uno de los finales quedan aunados al llamado gen ‘Pixeriano’ por un irrevocable halo donde el magnetismo nostálgico y la reverberación emocional causan dicha equiparación respecto al núcleo argumental y la vida misma. Esta brevísima indagación sobre una parte del trasfondo aferrado a la monumental fábrica de sueños tiene la cualidad de ser universal, pues encaja impecablemente en todos y cada uno de los trabajos producidos por el estudio.

Así, “Buscando a Dory”, la última película de Pixar dirigida por Andrew Stanton y Angus MacLane, se entiende a sí misma – en su cuerpo paradigmático de secuela aunque oponiéndose a la resignación de resultar igual que la anterior – como una vuelta a los recuerdos más valiosos y felices de la vida. Existiendo no pocas ligeras variaciones en el tono respecto a su predecesora, ligada a una corriente dispar respecto a una cierta proyección de sensaciones y el equilibrio de una constante que predomine sobre el resto, la película es igual de sutil, emocionante y divertida.

FINDING DORY

Habrá quien desluzca el triunfo de “Buscando a Dory” atestiguando una clara disolución del factor sorpresa en la supuesta sobreexposición de la historia, desde el punto de partida al cierre final; no obstante, el último trabajo de Pixar resulta evidentemente lo contrario, llegando a dejar clara – incluso proclamándola con mayor firmeza – la verdadera idiosincrasia del estudio, dibujada eficazmente en la acertada decisión de repetir una fórmula que más bien ejerce una función revitalizante en lugar de repetitiva. Sin poetizar un discurso tan elemental como constructivo, lo que “Buscando a Dory” llega a ilustrar en el espectador es la lucha por rememorar aquellos momentos imborrables que permanecen en el interior y que ni las dificultades encontradas a lo largo del camino ni la imposibilidad de llegar a reconstruirlos son capaces de hacerlos desaparecer. Sin entrar en terrenos análogos, la nueva película de Pixar vuelve a lograr una maestría técnica y visual junto a un humor divertido y consecuente, siempre compuesto por altas dosis de un factor humanista ajeno al periplo circular de la propia historia. “Buscando a Dory” es emoción, risas y entretenimiento, y puesto que el orden de factores no altera el producto, nos encontramos  con otra gran película de Pixar. Simplemente, Pixar.

ESTRENO EN CINES 22 DE JUNIO

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