La Chica Danesa | Orgullos y prejuicios

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Por Jorge Aceña

Con el tercer largometraje de Tom Hooper titulado  “El discurso del rey” – película con la que el director británico arrasó en los Óscars tras llevarse los más importantes galardones – tuvieron lugar dos acontecimientos de especial trascendencia para su futuro: Uno fue la especial fijación del espectador, tanto el profesional como el corriente, en sus próximos proyectos; El otro, la confirmación en sus propias carnes de que un labrado espíritu academicista puede traer consigo oleadas de premios. Ante la inmediata conexión de ambas partes y la imposibilidad de desprenderse de un registro con el que reconocimiento y triunfo van inexorablemente de la mano, las ideas de Hooper toman inmediatamente esa dirección y sus dos próximas películas, “Los miserables” y “La chica danesa”, no pueden estar más ligadas a ese espíritu tan manipulador como limitado.

Si con la historia de “La chica danesa” se aprecia desde lejos ese aroma sensiblero de manifiesto, dispuesto a romper todo dique emocional que con solo la síntesis fuerza a descubrir el verdadero propósito de la película, la dirección obliga a remarcar cada punto con el más que pretendido tinte enfático, dando por supuestos los motivos que impulsan a llevar a cabo la realización del proyecto. Basada la novela de David Ebershoff con el mismo título y que a su vez se basa en las memorias de Einar Wegener, un pintor que descubrió su verdadera identidad sexual oculta en Lili, la mujer que habitaba en su interior y que le impulsó a someterse a un cambio de sexo, la película de Tom Hooper intenta retratar la profunda transformación, física y psicológica, de un artista que luchó por mostrarse como realmente quería ser. Apoyada en todo momento por su mujer Gerda, el viaje de Lili se encuentra cargado de obstáculos debido a una sociedad que con sus prejuicios atentaba contra la integridad y libertad de aquellos – como el caso de Einar – que no se sentían diferentes sino orgullosos de revelar su auténtica personalidad.

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Pero una cosa es intentar transmitir toda la emoción intrínseca del texto y otra muy diferente es transmitirla. Definitivamente, Hooper fracasa en el intento, pues demuestra estar más interesado en el cuidado y en la pulcritud estética antes que en la manutención e insuflación sentimental a sus personajes. Todo es presentado de la manera más correcta, sin sobresaltos que impliquen ciertos riesgos, por intentar contentar al público y que sus barreras venzan ante una fuerte corriente de sensiblería barata y poderío visual bien cumplimentado. Porque hay que decir que visualmente la película impone, con un esteticismo barroco poderoso, muy pictórico y ordenado, que bien representa al autor; No obstante, asistimos dudosos a la pregunta de si el apartado artístico irradia lo suficientemente necesario para que la imagen – o el continente – entone y exprese el mismo sentimiento que requiere la trama – o el contenido –. El dramatismo que debería emanar con naturalidad y delicadeza se atasca en sobreactuaciones de un actor poco convencido de la naturaleza de su personaje. Alicia Vikander, interpretando fabulosamente a una contenida Greta Wegener, le gana la partida en todo momento a Eddie Redmayne, que poco transmite respecto a la problemática de su posición, un cambio de sexo que condicionaría su vida para siempre.

 “La chica danesa” no se detiene en el intento de acercarse a los protagonistas y desnudarlos ante su trascendental dilema, pues el esquema que Tom Hooper sigue no atiende a la comprensión sino a la megalomanía. La película quiere ser tan sofisticada y tan hermosa que se le escapa lo más importante de todo: sentimiento.

ESTRENO EN CINES 15 DE ENERO

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