San Sebastián 2015 (V): ‘High-Rise’, un futuro distópico de anuncio

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La escasez habitual de estrellas en San Sebastián, más acentuada en esta edición, ha quedado paliada este martes gracias a la presencia de Sienna Miller, Tom Hiddleston y Luke Evans. Lástima que hayan venido a la capital guipuzcoana para defender una película tan vacía como High-Rise, del británico Ben Wheatley. En esta quinta jornada de Zinemaldi, también se han proyectado la aceptable The Boy and the Beast, del maestro japonés Mamoru Hosoda, y la correcta El apóstata, del uruguayo Federico Veiroj.

Desde que en 1975 se publicó la novela High-Rise, de J.G. Ballard, ha habido intentos por llevarla al cine. Ya en esa década, se le asignó la tarea al director Nicolas Roeg y, llegado el siglo XXI, se llamó a la puerta de Vincenzo Natali. Ninguno de los dos realizó finalmente la película y el proyecto cayó en el olvido. Hasta que en 2013 Ben Wheatley (Turistas, A Field in England) comenzó a investigar quién poseía los derechos de la obra. De ese modo, dio con el productor Jeremy Thomas. Reunió a un reparto en el que figuran Sienna Miller, Tom Hiddleston, Luke Evans, Elisabeth Moss, Jeremy Irons y James Purefroy, y se puso manos a la obra para contar la historia de un rascacielos cuyos habitantes están divididos por plantas en función de su estatus social. Arriba, los ricos. Abajo, los pobres. El nuevo vecino, al que da vida Hiddleston, verá como la calma del edificio desaparece con su llegada.

La propuesta distópica de Wheatley no se caracteriza por una gran elaboración. Al contrario, el realizador construye un discurso simple y básico que apenas cuestiona o profundiza en las desigualdades socioeconómicas y se pierde en la superficialidad de unas escenas que parecen destinadas a anunciar automóviles, relojes y colonias. De hecho, el principal mecanismo de los residentes para mostrar su riqueza y posición es organizar fiestas. Más ostentosas arriba, más humildes abajo. En esa mezcla de alcohol, sexo y ocasionales enfrentamientos más físicos que dialécticos, el cineasta pierde de vista el más mínimo análisis sobre la situación planteada y el carácter de sus personajes. Por momentos, incluso parece fascinado por el lujo de las plantas superiores en escenas frías, distantes y hasta quirúrgicas. Así, damos con una película vacía que no tarda en resultar aburrida y larga con sus cerca de dos horas de duración. Si solo muestra oropel y frivolidad pretenciosa, el espectador no encuentra un asidero para mantener su atención. Además, el desenlace de la película evidencia cierto conservadurismo.

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La estilización de la película se basa, sobre todo, en una dirección artística que, evidentemente, destaca sobre el resto de elementos. Los modernos, limpios y metálicos espacios en los pisos altos del edificio, introducidos en los primeros minutos en una escena que recuerda a la presentación de la nave en 2001: una odisea del espacio, destacan por su elaboración y dibujan a los individuos que los habitan. Mientras tanto, en las viviendas más bajas los colores brillan menos y el desorden es mayor. El diseño tradicional predomina. De todas formas, unos buenos decorados no narran una historia ni plantean debates por sí solos. Necesitan un buen guion.

Necesidad que comparten los actores, obligados a interpretar personajes tan planos como las paredes de sus casas. El buen oficio no permite pasar de la corrección a Hiddleston como un doctor ingenuo, Miller como una mujer aficionada a la fiesta, Evans como un revolucionario en potencia y Irons como el inventor fracasado del edificio. Sí destaca Elisabeth Moss con un personaje al que ella o el guion aportan más capas. Humilde, temerosa del cambio, pero cansada de sus malas condiciones de vida y con ganas de mejorar, la actriz realiza una exhibición de contención, sutilidad y matices.

Pero, no es suficiente para salvar este guateque insustancial que en su tramo final aturde con una explosión de ritmo, robos, gritos y lamentos de ricos sumidos en la desgracia. Si desean un futuro distópico interesante y elaborado, recuperen Snowpiercer, de Bong Joon-ho.

El niño, la bestia y el apóstata

Ante semejante panorama, levantar el nivel no era difícil. El reputado cineasta Mamoru Hosoda (La chica que saltaba a través del tiempo, Summer Wars) ha puesto de su parte con la aceptable cinta de animación The Boy and the Beast, en la que Kyuta, un niño cuya madre ha fallecido y al que su padre ha abandonado, escapa a un mundo paralelo habitado por animales antropomórficos. Allí se convertirá en aprendiz de Kumatetsu, un enorme oso que le enseñará el arte de la lucha.

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Aunque el inicio con un menor aislado y sin familia puede recordar a La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988) y la presencia de criaturas imaginarias evoca a la celebrada El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), Hosoda ha realizado un relato iniciático mucho más convencional e infantil que la mayor parte de las películas producidas por Ghibli. El cineasta introduce aspectos dramáticos como la pérdida, la soledad, la inadaptación y la llegada a la edad adulta, pero cede protagonismo al entrenamiento y los combates de un joven débil que con su maestro, también luchador, encuentra fuerzas para madurar física y psicológicamente. Pese a una menor cantidad de capas en la historia, son evidentes las referencias al cuento de La Bella y la Bestia y, ante todo, al clásico de Herman Melville Moby Dick, que aparece de forma explícita en varios momentos del metraje.

Con independencia de que The Boy and the Beast sea una propuesta más tradicional, el nivel de la animación no es inferior al de los trabajos de Miyazaki o Takahata, sobre todo, en el tratamiento detallista de los escenarios. Especialmente destacable es el diseño del centro de Tokio, que por momentos parece una fotografía. Asimismo, sorprende en una cinta de animación la inclusión de planos que imitan a los tomados por cámaras de seguridad. En cuanto a los personajes, como es habitual en el anime japonés, predominan las líneas simples y sencillas que dan una impresión general de los individuos y animales. Solo rasgos básicos. Los efectos especiales, en particular, los juegos de luz al inicio y final de la cinta, también contribuyen a construir un espectáculo visual fascinante e hipnótico, lleno de potencia.

Quizá el protagonismo que una subtrama adquiere en el tramo final de la película resulte un poco forzado, pero no es menos cierto que permite a Hosoda añadir un punto final épico a este buen trabajo. De todas formas, no parece que su destino fuera la competición de un festival internacional.

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La tercera película en competición esta quinta jornada ha sido El apóstata, del director uruguayo Federico Veiroj. Protagonizada por Álvro Ogalla, Marta Larralde, Bárbara Lennie y Vicky Peña, es la historia de las dificultades que encuentra un treintañero para abandonar la Iglesia. El hastío, el fracaso y la falta de ambiciones de ciertos jóvenes incapaces de madurar se tratan en esta historia demasiado pequeña y particular que utiliza el humor absurdo y surrealista para reírse del clero y de los fracasos de su personaje principal. Las escenas más brillantes están protagonizadas por el obispo que intenta convencer al apóstata de que permanezca en el seno de la Iglesia. Se deja ver, pero se olvida con facilidad.

Por último, en la sección Perlas se ha mostrado la última ganadora del Oso de Oro. En Taxi Teherán Jafar Panahi realiza un recorrido en taxi por las calles de la capital iraní más documental que ficticio. El director recoge pasajeros con los cuales habla sobre política, delincuencia, injusticias y cine. Un vivo y accesible retrato de Irán repleto de humor.

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