San Sebastián 2015 (IV): ‘Amama’ o segundas partes no fueron tan buenas

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Loreak se convirtió en la gran revelación del festival de San Sebastián en 2014. La primera película en euskera incluida en la competición oficial fascinó por su eficaz minimalismo, lleno de matices, y comenzó un recorrido internacional que aún hoy prosigue. Quizá a la espera de repetir el éxito, los organizadores del certamen han decidido programar en el concurso otra cinta filmada en el idioma regional. Pero Amama, del director Asier Altuna (Aupa Etxebeste!), nada tiene que ver con la obra de Garaño y Goenaga. Ni en la temática ni en la calidad del producto final. El argentino Pablo Agüero, por su parte, ha presentado Eva no duerme, un hipnótico ejercicio de estilo que repasa el siglo XX argentino a partir de la desaparición del cadáver de Evita.

Desde el neolítico, subraya la película con insistencia, en el País Vasco los primogénitos heredaban el caserío y las abuelas velaban por él. Tejían una cuerda que el desarrollo amenaza con romper. La tradición frente a la modernidad. El pasado frente al futuro. Es una de las temáticas más recurrentes en cualquier disciplina artística y Asier Altuna la ha utilizado como base para su tercer largometraje. Amama es la historia de tres hermanos, sus padres y su abuela. También del caserío en el que han vivido. Mientras los hijos ya han asumido la desaparición del modo de vida tradicional, el padre de familia no acepta el cambio. La abuela observa silenciosa.

Aunque la premisa posee un gran alcance, Amama se convierte pronto en un relato corto y vacío sin apenas desarrollo, ni de la acción ni de los personajes. Cuando la historia progresa, lo hace de forma previsible y rutinaria, sin sorpresas. Podemos anticipar qué conflicto estallará, en qué modo lo hará y cómo se resolverá. Desde luego, la escasa complejidad de los protagonistas, bastante planos, no contribuye a convertir el visionado de Amama en una experiencia más enriquecedora. Contamos con el primogénito que encuentra un futuro laboral en la ciudad, el hijo que formó una familia fuera del caserío y la hija que, aún en la granja, ansía salir al mundo exterior. La madre sumisa que, llegado el punto álgido del conflicto, estalla. Y el padre cuya obstinación destruye la familia. 

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Aún más simples y obvias resultan las metáforas visuales que proliferan a lo largo del metraje con una exagerada y fallida intención lírica. Cuando el hijo mayor abandona el caserío, destruye un vínculo histórico. Por tanto, le vemos intentando romper la cuerda que rodea su cintura y sujetan varias abuelas desde la granja. Asimismo, tres árboles pintados de rojo (fuerza y pasión), negro (rebeldía) y blanco (vagancia) representan a los hijos. El padre cortará el correspondiente a la hija díscola. Pero, más tarde, intentará restablecer la relación construyéndole una cama con la madera. Desde luego, las figuras no se pueden calificar de sutiles y discretas. No hay dobles lecturas. La propia figura espectral de la abuela, sin pronunciar palabra, parece un símbolo claro de la tradición ahora amenazada.

Y en el tratamiento de esa amenaza radica otro de los grandes problemas de Amama. La presentación del caserío y su modo de vida es, como mínimo, ambigua. O quizá demasiado clara. Como demuestra la conclusión de la película, la existencia en la granja está llamada a desaparecer. El propio Asier Altuna ha asegurado durante la rueda de prensa que el caserío ya «no tiene sentido» porque ha cambiado la forma en la que el hombre se posiciona en el mundo. Sin embargo, el filme presenta una visión idealizada de ese espacio que parece añorar el pasado como un lugar seguro en vez de constatar su extinción. Da la impresión de que cuando solo existía el modo de vida tradicional, la felicidad era mayor. El mismo cineasta parece desmentir esa idea, pero no ha conseguido plasmarla de forma eficaz en su película.

Como no podía ser de otro modo, el retrato de ese mundo decadente y aislado se consigue, sobre todo, con una excelente fotografía. Aquí llegamos a las virtudes. Las imágenes del paisaje sí comunican el significado que la historia no logra contar. Los bosques, los troncos y el propio caserío se presentan como lugares aislados por los que no pasa el tiempo. En contraposición con la ciudad. El montaje y la banda sonora también destacan en un conjunto torpe y sin rumbo.

Eva, ¿dónde estás?

Mucho más exitosa en el cumplimiento de sus aspiraciones es la hipnótica y potente Eva no duerme, de Pablo Agüero. Tras el golpe militar de 1955, el cadáver de Eva Perón, fallecida tres años antes, fue secuestrado. Solo en 1974 volvería a Argentina.

El director utiliza este suceso para realizar un recorrido por la historia del país sudamericano durante las décadas centrales del siglo XX, cuando se sucedieron varios golpes de estado. Pero Agüero no opta por una narración tradicional, sino que realiza un absorbente ejercicio de estilo a medio camino entre el documental y la ficción. Así, el relato se divide en tres partes protagonizadas por personas que tuvieron relación con el cadáver: el embalsamador (Imanol Arias), el transportista (Denis Lavant) y el dictador Aramburu (Daniel Fanego). Estos episodios se vertebran y complementan mediante la narración del militar Massera (Gael García Bernal) y las imágenes de archivo que retratan el contexto sociopolítico de los años cincuenta, sesenta y setenta.

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La forma predomina sobre el contenido y el propio Agüero parece más interesado en experimentar con ella a partir de una anécdota histórica que en realizar un análisis profundo de los acontecimientos políticos en Argentina. Por ese motivo, la fotografía destaca durante toda la película. La estética del cine negro clásico con los claroscuros y la noche, la lluvia y el humo del tabaco llena de atractivo e intensidad los fotogramas. Y hace difícil apartar la mirada. Aunque si rascamos la superficie no se encuentra demasiada profundidad ni sustancia, Agüero hipnotiza al espectador y se gana su atención. 

En último lugar, a la sección Perlas ha llegado Trois souvenirs de ma jeunesse. Tras la decepcionante Jimmy P., el francés Arnaud Desplechin ha vuelto en plena forma con una obra maestra sobre el primer amor. Alegre, melancólica, sutil y fascinante. Desde luego, merecía haber competido en el último festival de Cannes. Habría sido una digna Palma de Oro. Pero, fue relegada a la Quincena de Realizadores.

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