San Sebastián 2015 (III): jornada de comedias ligeras con ‘Mi gran noche’ y ’21 nuits avec Pattie’

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Los festivales de cine acostumbran a programar sesudos dramas cuyas reflexiones sobre asuntos trascendentales exigen un alto nivel de atención. Sin embargo, en ciertas ocasiones se proponen comedias ligeras que permiten olvidar las miserias propias y ajenas. Ha sido el caso este domingo en el Zinemaldi, donde fuera de concurso se ha proyectado Mi gran noche, el último trabajo de Álex de la Iglesia protagonizado por Raphael. Asimismo, en la competición los hermanos Larrieu han estrenado 21 nuits avec Pattie, mientras que Rúnar Runarsson, ya en el drama, ha mostrado Sparrows, un aceptable retrato de la adolescencia.

Hace tiempo que el bilbaíno Álex de la Iglesia pensaba en trabajar con el cantante Raphael. Su admiración por el músico ya quedó patente en Balada triste de trompeta (2010). Ahora, con Mi gran noche, ha llegado el momento de ofrecer un papel protagonista al veterano artista, que se pone delante de las cámaras por primera vez desde la década de los setenta. Lo ha hecho para dar vida a Alphonso, una estrella de la canción que prepara su intervención en un programa especial de Nochevieja. Allí se enfrenta con Adanne (Mario Casas), un nuevo ídolo de la música latina, y hasta con su propio hijo adoptivo, el ruso Yuri (Carlos Areces). En ese mismo espacio, varios figurantes (Blanca Suárez, Pepón Nieto) y presentadores (Hugo Silva, Carolina Bang) fingen reír y pasarlo bien mientras la grabación de la emisión se complica por momentos. Incluso la vida de Alphonso podría correr peligro.

Como es habitual en la filmografía de Álex de la Iglesia, el protagonista de la función es el humor exagerado y hasta brutal en situaciones disparatadas. Más vinculadas al contexto socioeconómico de lo que en principio puede parecer (no faltan los despidos ni los casos de corrupción), las bromas del director y su guionista, Jorge Guerricaechevarria, funcionan como perfectas válvulas de escape que provocan carcajadas con facilidad. El ritmo rápido del montaje y los constantes movimientos de cámara contribuyen al funcionamiento de unos chistes que se ríen de casi todo, desde la fama hasta los empresarios, sin olvidar a la Iglesia.

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No obstante, en Mi gran noche vuelve a aparecer un problema que ya lastraba los últimos trabajos del bilbaíno, incluidos Las brujas de Zugarramurdi y Balada triste de trompeta. La agilidad de la película se convierte en exceso durante el acto final y ahoga el discurso construido hasta ese momento. Es una traca final, llena de continuas ráfagas, en las que los personajes gritan y corren como afectados por la locura, mientras el espectador comienza a sentirse aturdido.

En cuanto a las interpretaciones, Raphael es una gran revelación en un personaje paródico que le permite reírse de sí mismo. Sus apariciones con grandes capas y gafas de sol, como si fuera un espectro, se convierten en momentos memorables. No lo son menos sus afiladas palabras y acciones en contra de quien pueda hacerle sombra. Si Adanne amenaza con arrebatarle la primera actuación del programa, no duda en provocarle heridas en el ojo. El resto del reparto también brilla y demuestra que posee una gran vis cómica, aunque las intervenciones más sorprendentes son las de Mario Casas, que continúa su progresión, y, sobre todo, Blanca Suárez como una encantadora joven a quien nadie se acerca por su mala suerte.

Más allá de las referencias a la corrupción, la crisis económica y, por supuesto, los egos, ambiciones y envidias en el mundo del espectáculo, Mi gran noche es un producto comercial con el único fin de entretener. Lo consigue.

La comedia burguesa y sexual, la adolescencia islandesa

La comedia también ha llegado a la competición con 21 nuits avec Pattie, de los hermanos franceses Jean-Marie y Arnaud Larrieu. Caroline (Isabelle Carré) es una parisina recién llegada a la cuarentena que acude a un pueblo del sur de Francia para ocuparse del funeral de su madre, a quien apenas conocía. Allí entablará amistad con Pattie (Karin Viard) y otros vecinos de su progenitora. Juntos convivirán más tiempo del esperado cuando el cuerpo de la fallecida desaparezca.

Si bien la sinopsis puede hacer pensar en una tragicomedia sobre relaciones familiares problemáticas, los directores de la película se decantan desde el inicio por la tradicional comedia francesa, una producción comercial superficial en la que una burguesa procedente de la capital llega a un pueblo de provincias. La relación maternal no supone trauma alguno en esta propuesta con una puesta en escena rutinaria. Carente de cualquier referencia social, política o económica (Sergi López como el marido de la protagonista sí bromea sobre la independencia de Cataluña), el humor predominante es de contenido sexual. Y aunque los relatos gráficos sobre los encuentros amorosos de Pattie provocan varias carcajadas, no es menos cierto que pronto resultan repetitivos y amenazan con caer en la vulgaridad.  

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De todas formas, el principal problema de esta cinta gala es su alargado final. Los realizadores insisten en prolongar el metraje cuando ya no tienen más bromas que hacer ni situaciones que mostrar. Desde luego, la competición de un festival internacional no parece el lugar más adecuado para 21 nuits avec Pattie. Sin embargo, en función de la competencia y las preferencias del jurado, quién sabe si las correctas interpretaciones femeninas de Carré y Viard podrían alzarse con la Concha de Plata. Cosas más raras se han visto en el palmarés de San Sebastián. 

Pero, olvidemos la risa y volvamos al drama. Aunque sea adolescente. El islandés Rúnar Rúnnarson obtuvo una nominación al Oscar con su cortometraje The Last Farm (2008) y en 2011 estrenó su primer largometraje, Volcano, en la Quincena de Realizadores de Cannes. En 2015 aspira a la Concha de Oro con Sparrows, centrada en Ari, un adolescente de dieciséis años enviado por su madre a la inhóspita región en la que vive su padre. No se ha relacionado con su progenitor en los últimos seis años y tampoco sus amigos de la infancia son demasiado acogedores. El joven deberá adaptarse a la nueva situación y superar los cambios y traumas de la adolescencia.

La película cumple todas las normas del relato iniciático clásico y no faltan la familia desestructurada, la inadaptación, el coqueteo con las drogas, la soledad o el primer amor. Sin embargo, Rúnnarson narra esta historia conocida con buen pulso y ritmo pausado, sin desplazar la cámara. También se ayuda del paisaje volcánico islandés para reflejar el aislamiento de los protagonistas, cuyas interpretaciones silenciosas y contenidas dicen más con las expresiones faciales que con las palabras. Pese a cierta frialdad y distanciamiento con sus personajes, consigue que el espectador se implique durante la mayor parte del metraje. No sería extraña su inclusión en el palmarés del próximo sábado.

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Por último, en la sección Perlas se ha proyectado la ganadora del Premio del Jurado en el último festival de Venecia, Anomalisa. Charlie Kaufman y Duke Johnson dirigen esta cinta de animación sobre el enamoramiento de un reputado conferenciante cansado de su vida y la mujer a la que conoce en un hotel. Rodada con la técnica del stop motion, la película es un estudio sobre la incomunicación y alienación de la sociedad actual, pero, sobre todo, una fascinante y muy agridulce historia de amor.  

 

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