San Sebastián 2015 (II): el perro Truman, la canción escocesa de Davies y el sicario de Villeneuve

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Tras la desangelada y floja inauguración del festival con Regresión, este sábado la competición ha comenzado con buen pulso gracias a Truman, la nueva película de Cesc Gay protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara. En gran medida, el nivel se ha mantenido con Sunset Song, de Terence Davies. Y se ha hundido con la pretenciosa y vacía Evolution, de la francesa Lucille Hadzihalilovic. Mientras tanto, en la sección Perlas se ha podido ver la notable Sicario, presentada en el último festival de Cannes.

En el certamen del año pasado, la actriz danesa Paprika Steen consiguió la Concha de Plata por su trabajo en Corazón silencioso, que giraba en torno a la decisión de una anciana de poner fin a su vida antes de que la ELA deteriorara sus capacidades físicas. El tema aparece una vez más en la edición de este año con Truman, del director Cesc Gay. Julián (Ricardo Darín) es un actor que, tras ver cómo el cáncer de pulmón se extiende por todo su cuerpo, renuncia a seguir el tratamiento médico y opta por acabar con su existencia antes de que su estado empeore. Su amigo Tomás (Javier Cámara), que vive en Canadá, decide visitarle durante cuatro días en los que, entre otras cosas, pasearán y buscarán un nuevo dueño para Truman, el perro del enfermo.

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La película, una mirada honesta y entera a la amistad, la muerte y la vida, destaca, sobre todo, por su excelente guion, muy bien armado con unos diálogos y situaciones realistas que combinan la crudeza de la situación retratada con una mirada sarcástica e irónica. Quizá se trate de una característica de la cultura española en particular y latina en general. La realidad puede parecer negra, pero nunca se renuncia a reírse de uno mismo en algún momento. La fortaleza del libreto también tiene consecuencias para la puesta en escena. Como Gay sabe tan bien lo que quiere contar, opta por narrar sin grandes artificios. Así, utiliza una fotografía y montaje muy sencillos, pero también elegantes y, ante todo, efectivos. Estos siempre permanecen al servicio de la historia y nunca se pierden en alardes estéticos superfluos.

Pese a la fortaleza del guion y de una dirección sútil, Truman no sería una gran película sobre dos amigos que se enfrentan a la muerte sin las extraordinarias interpretaciones de Ricardo Darín y Javier Cámara. Más allá de interpretar, ambos actores se convierten en sus personajes y destilan una enorme química. Por supuesto, se complementan. Aunque la muerte haya llamado a su puerta, o precismaente por ese motivo, Julián no pierde la vitalidad y siente la necesidad de actuar y ocupar todo su tiempo con actividades. Por el contrario, Tomás se decanta por los silencios y la calma. En gran medida, vive por dentro. Pese a sus diferencias, ambos se admiran y se quieren. Se necesitan. Transmitir esta gran cantidad de matices no parece problemático para ninguno de los dos. Desde luego, son los primeros favoritos para la Concha de Plata a la mejor interpretación masculina.

La canción del campo escocés

Hace tiempo, Terence Davies competía en Cannes (El largo día acaba, de 1992, y La biblia de neón, de 1995). Hace menos tiempo, el festival por excelencia comenzó a rechazar sus trabajos. Quizá los programadores consideran sus trabajos demasiado clásicos. O quizá pesan más sus defectos que sus virtudes. Sea como sea, el británico se ha convertido en un habitual de San Sebastián. Tras presentar en 2011 la adaptación de la obra teatral The Deep Blue Sea, este sábado se ha proyectado en el concurso Sunset Song, versión de la novela escocesa homónima escrita por Lewis Grassic Gibbon.

Ambientada a principios del siglo XX en la Escocia rural, presenta a la joven Chris (Agyness Deyn) mientras intenta escapar de su cruel padre, hallar el amor y, en definitiva, realizarse como persona en un entorno hostil. Como ya sucedía en su anterior película, encontramos un personaje femenino fuerte, pero sometido a las convenciones sociales, incluidas la familia, la religión, el machismo o el matrimonio. Aunque ella intenta levantar una voz independiente, rara vez lo consigue o se le permite. Solo cuando conoce y se casa con Ewan (Kevin Guthrie) parece librarse de ciertas ataduras, aunque sea de forma temporal. Durante la mayor parte del metraje, son sucesos ajenos a ella los que permiten cambiar y mejorar su situación. Finalmente, encontrará cierto consuelo y esperanza en su vinculación con la tierra, retratada con cierto idealismo, pese a mostrar el esfuerzo necesario para trabajarla. De hecho, varias escenas finales recuerdan al desenlace del clásico Lo que el viento se llevó.

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Pese a las referencias a la obra de Victor Fleming, no nos encontramos ante una cinta épica. Davies opta por un enfoque clásico, contemplativo y poético, con una fuerte presencia de la base literaria y el paisaje. De hecho, el campo escocés se convierte en un protagonista más de la película gracias a la excelente fotografía de Michael McDonough. En cuanto a los interiores, que adquieren mayor protagonismo durante la segunda mitad del filme, mantienen los tonos verduscos del exterior, aunque más apagados. La composición de estas imágenes bebe, sin duda, de los maestros holandeses del siglo XVII. El propio Davies ha asegurado durante la rueda de prensa que Johannes Vermeer es su pintor favorito.

Pese a las bondades visuales, Sunset Song tiene problemas de ritmo durante su segunda mitad. De hecho, la primera parte de la película, con el retrato de la vida familiar, es más potente y atractivo que la centrada en su matrimonio. Desde la preparación de la boda hasta el estallido de la I Guerra Mundial, la narración entra en bucle y dificulta al espectador mantener la atención.

Por lo que a las interpretaciones se refiere, Agyness Deyn centro de la película, sale airosa del reto pese a cierta falta de presencia. Desde luego, la actuación más destacable es la del veterano Peter Mullan, que consigue dotar de diferentes capas de maldad a un personaje extremo. 

Islas remotas y sicarios

En esta cargada jornada, el Zinemaldi ha presentado una tercera película a concurso, la francesa Evolution. La directora Lucille Hadzihalilovic ofrece un espectáculo audiovisual bello, pero vacío y pretencioso. El pequeño Nicolas vive en una isla habitada solo por mujeres y niños. Estos están sujetos a un misterioso tratamiento médico que el protagonista cuestionará. La película podría ser un alegato feminista, un retrato del paso a la adolescencia o, con más probabilidad, nada en absoluto. Solo imágenes repetitivas compuestas con cierto gusto. Desde luego, Hadzihalilovic no parece tener claro qué contar ni cómo hacerlo.

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Menos mal que en la sección Perlas se ha presentado el último trabajo del canadiense Denis Villeneuve, Sicario. Rodada con un reparto estelar compuesto por Emily Blunt, Benicio del Toro y Josh Brolin, la película vuelve a cuestionar la utilidad y legalidad de la lucha contra las drogas en México por parte de los Estados Unidos.

Nos encontramos ante una cinta con un suspense y tensión muy bien manejados que, además, plantea un discurso político complejo e interesante. La fotografía limpia de Roger Deakins y el montaje ágil de Joe Walker son aspectos sobresalientes de la película que destacan especialmente en dos escenas de acción: el tiroteo en la frontera entre Estados Unidos y México y la persecución por los túneles subterráneos. En cuanto al trío protagonista, ofrece unos trabajos secos y sutiles de gran calidad. Por cierto. durante la rueda de prensa Emily Blunt ha insistido en que no sabe nada de Captain Marvel.

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