Atlantida Film Fest (VIII) | Favula, Enfrentar animales salvajes, Mercuriales y Daphne ou la belle plante

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Favula, Raúl Perrone

En uno de los lugares más recónditos de Sudamérica, Raúl Perrone se ganó el título de “impulsor” del Nuevo Cine Argentino con sus 30 películas e ideas revolucionarias. Pero, si bien su trayectoria se fue normalizando con el paso de los años, un nuevo enfoque que rememora los inicios del cine parece ocupar la mente de este cineasta independiente, y si ya lo experimentó con P3nd3jo5 (2013), esta vez Favula (2014) alcanza lo más profundo del universal humano.

Favula narra la historia que a todo el mundo ya le han contado alguna vez, la de la adopción de una niña huérfana por otra familia. Todo ello problematizado a través de otros temas como los límites de la exploración de la adolescencia, el juego erótico, la fraternidad, la comunión entre hombre y naturaleza o la trata económica de seres humanos en los países de Latinoamérica. No obstante, lo que distingue a Favula de otros filmes y lo que permite que sea entendida por todo el mundo es su tratamiento formal.

Favula es una película no hablada (sería poco acertado designarla únicamente como muda) que utiliza unos recursos estéticos muy artesanales que recuerdan al cine de Méliès, tal y como algunos críticos se han empeñado en señalar. No obstante, la riqueza estilística que caracteriza al filme es mucho más compleja y no se limita al blanco y negro, a los silencios o a los planos fijos y de extensa duración. Para describir la selva como lugar de exploración de los instintos, se recurre a las sobreimpresiones (imitando a las dobles exposiciones del analógico), de forma que, literalmente, la niña protagonista se funde en el universo onírico al tiempo que envuelve y atrapa la atención del espectador. De esta forma los límites del cuadro, de lo que la cámara nos permite ver, se diluyen y el campo imaginario, el de los instintos, el placer, lo humano, se muestra ante nuestros ojos como algo que lo abarca todo.

Por otra parte, es interesante el contraste que se establece entre el montaje de la banda-imagen y el de la banda-sonido. Si bien en la mayoría de películas hay una correspondencia entre objeto sonoro de la escena y sonido resultante que produce, en este caso hay una diferencia entre lo que se ve y lo que se oye. Y es que precisamente la banda sonora está formada por multitud de músicas (ritmos étnicos, electrónicos, pop), ruidos (agua, animales, disparos) y diálogos invertidos que se repiten y superponen hasta la saciedad, todo ello para crear una melodía que contraste con el propio ritmo producido por el movimiento de las imágenes.

Favula trabaja con estos códigos, y el hecho de que sea una acción atrevida e “innovadora” es irreprochable. Lo que sí podría ser criticable es la eficacia de los mismos; es decir, si realmente su uso refuerza el relato narrado y lo hace efectivo para/con el espectador. Y, si no me equivoco, a muchos no les ha funcionado. Si bien la técnica, la forma y la postproducción son bastante ambiciosas y minimalistas, el resultado produce un filme que sería más interesante como pieza de videoarte que como largometraje, ya que puede cansar al espectador, impaciente por ver una historia que no avanza. A un espectador experimentado le gusta tanto introducirse en ese universo imaginario que crean las historias como reconocer ciertos rasgos estilísticos propios del cine que le hacen darse cuenta de estar ante una película. Favula trabaja con este segundo placer, pero en detrimento de la narración, que pasa a un segundo plano e incluso puede llegar a alejar al espectador de ese universo imaginario que pretende reforzar.

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Enfrentar animales salvajes, Jerónimo Quevedo

El cineasta argentino Jerónimo Quevedo, perteneciente y defensor de la Escuela del Cine de Buenos Aires, escritor y productor de cortometrajes como La mujer perseguida (2013) y Los tentados (2013), se estrena este año con su segundo cortometraje como director: Enfrentar animales salvajes (2015).

No es fácil identificar el sentido o significado que se esconde detrás de esta pieza de seis minutos. Los hechos básicos que se narran es el secuestro de la que fue nombrada Miss Chile 1985 por parte de un comando liderado por un hombre apodado “Tarzán”, en referencia al personaje de Edgar Rice Burroughs, en un piso de las afueras de Berlín. Uno de los problemas, por tanto, es que esta aparente fábula (cuya moraleja, si la tiene, es difícil de identificar) hace referencia a bastantes elementos y sucesos problemáticos de las sociedades contemporáneas y en especial de las de Sudamérica, como la dictadura militar de Pinochet, la televisión y la sociedad del espectáculo. Por otra parte, lo interesante y complejo es cómo se presentan ante el espectador estos hechos ficticios.

A diferencia de lo que uno espera ver cuando le hablan de secuestros, dictaduras o extorsiones, Enfrentar animales salvajes reduce sus formas a lo esencial, a la vez que se basa en una operación de desplazamiento. Es decir, sustituye las imágenes que mostrarían lo que se está narrando por un único plano del edificio donde se produjo el secuestro, y cuyo único movimiento o variación es una inclinación sobre el nivel del plano, ya al final del corto. Junto a esta imagen tan simple hay un elemento que cobran mayor importancia: la palabra escrita. Una de las características que diferencian a este cortometraje de otros y que precisamente puede ser propensa a críticas debido a su carácter extra cinematográfico, es que lo esencial se cuenta a través de la palabra escrita, algo que siempre se intenta evitar en el cine. No obstante y si seguimos en esta idea de reducir las formas a lo esencial, la palabra escrita sirve para mostrar directamente sobre la pantalla el texto que narra los hechos y construir lo narrado como si se tratase de un rompecabezas muy sencillo, ya que las palabras y frases van apareciendo y desapareciendo, situándose encima o debajo, aprovechando las anteriores para continuar los enunciados y así contar la historia.

Aunque se ayude del texto para facilitar la comprensión del espectador, Enfrentar animales salvajes no es, ni mucho menos, sencillo de desentrañar; y es precisamente esa objetividad y exterioridad al contar los hechos, esa censura, ese desplazamiento de las imágenes lo que hace que el cortometraje sea una pura crítica a la política y sociedad contemporánea de los países latinoamericanos.

Mercuriales, Virgil Vernies

Las mercuriales: dos torres; hermanas, casi gemelas. Dos superficies, dos estructuras, rígidas, casi indestructibles. Oriente, poniente.

Las mercuriales: dos mujeres; hermanas, casi gemelas. Dos cuerpos, cálidos, casi inalcanzables. Moldavia y Francia. Y tanto para una como para la otra, el lugar más seguro: las escaleras de emergencia.

Mercuriales (2014) es la última película del realizador francés Virgil Vernies. Se trata de una obra sobre la vida de dos chicas jóvenes, aspirantes a bailarinas, que se conocen en las enigmáticas torres Mercuriales de los barrios periféricos de París. Pero si ya se adelantaba en otros proyectos anteriores como Orleans (2012), Mercuriales propone, ante la aparente falta de narración y de trama, hacer frente al supuesto estado de bienestar ligado a la “marca europa”, y reflejar las inquietudes de aquellos que, tras la firme y uniforme coraza hegemónica, impuesta tal vez, deseada quizás, se ven incapacitados para realizar su proyecto de vida.

Hay quien se resiste tímidamente a comparar a Vernier con Godard; y yo digo: “¡oh no! Vernier se ofendería si no le atribuyéramos tal intención”. Tanto la composición de los planos (planos medios frontales de los personajes) como el estilo vintage, el delicado tratamiento de color del director de fotografía, el empleo del sonido no sincrónico y el del fuera de campo, mediante una cámara que a veces registra la escena con independencia del movimiento de las actrices, suponen una clara alusión a este cineasta vanguardista. Pero si en algo se diferencia también es en el tratamiento más profundo, me atrevería a decir humano, que Godard evita muchas veces en sus filmes (en otros no tanto). A través del monólogo interior, las protagonistas nos permiten acceder a sus frustraciones, envidias, ensoñaciones… En algunos casos son más evidentes y en otros menos, como las referencias a las guerras que asolaron el pasado de Moldavia (una de las protagonistas procede de ahí), que acabaron con el alma del país y que crearon individuos capaces de sobrevivir soportando los recuerdos más oscuros.

Quizás si algo se le puede rebatir al filme no es su tempo lento, porque precisamente éste permite que la película funcione, sino su complejo simbolismo y, quizás, una falta de madurez estilística para representar los problemas tan abstractos a los que el director pretende enfrentarse. Muchas veces aparece algún personaje al que podríamos atribuir una intención simbólica (el guardia de seguridad y el cambio de espacios en los que trabaja) y hay diálogos, referencias al mito y a la memoria histórica que se escapan a la comprensión de un espectador inexperimentado. En cualquier caso, Mercuriales se convierte en un sutil relato de la decadencia humana y pone sobre la mesa un miedo universal y común a cualquier persona: la frustración del individuo que, cargando con los fantasmas del pasado, se enfrenta a un futuro inabarcable, debido a un presente inexistente. Y aunque en cualquier momento de la vida del hombre algo sobresalga sobre el resto de tejados, terminará como unas fichas de dominó que, debido a una fuerza superior, arrastran consigo a las demás en un camino abocado al abismo.

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Daphne ou la belle plante, Sylvain Derosne, Sebastien Laudenbach

No he encontrado mejores palabras que sinteticen con brevedad y respeto la idea subyacente de este pequeño corto documental, Daphne ou la belle plante, que las que aparecen en la web de uniFrance films: “Como todas las plantas bonitas, Daphné nace, brota, se perfuma y se llena de hojas. Pero nunca se deja arrancar.”

Como guionistas detallistas y complejos que son, Sylvain Derosne y Sebastien Laudenbach proponen un viaje a través del día a día de una prostituta cualquiera, en este caso llamada Daphne. Con una voz suave, tierna, joven y llena de personalidad, Daphne se dirige directamente a nosotros para reivindicar su profesión como prostituta, acompañada por las imágenes en stop-motion y time-lapse de elementos de la naturaleza, concretamente de árboles, madera y brotes.

Como si de una introspección pudorosa se tratara, Daphne se desnuda ante el espectador como nunca antes lo había hecho: pasa de hablar con naturalidad del sexo y el deseo a confesar tímidamente sus anécdotas sobre el amor; y es interesante cómo las imágenes, vibrantes de ritmo y riqueza plástica pero al mismo tiempo de ambición documental, narran este viaje interior. Dapnhe se ducha, sale a la calle y empieza a hablar: “Soy una mujer”, es lo primero que se atreve a afirmar y a confirmar. Empieza a describirse físicamente, al tiempo que vemos sucesivas imágenes de un árbol firme durante el día, de ramas finas pero corteza áspera. De repente se hace de noche, y es entonces cuando, al tiempo que el árbol es talado en trozos más pequeños que terminan quemándose en la hoguera, Daphne se refiere a su profesión, a su jefe y al dinero que cobra. De entre las cenizas crece y madura una flor mientras asegura que le gusta hacer lo que hace y está en sintonía con su profesión. De la flor pasamos a la escultura que nace de un tronco sin forma y sin identidad. Esta es quizás una de las confesiones más duras, cuando habla de los dos tipos de miradas de hombres que crean dos tipos de mujer: la del hombre que “recorta” cualquier signo humano para poder gozar con el cuerpo, y la del deseo y placer mutuo, compartido por el hombre y la mujer. Tras alguna que otra anécdota, el día llega al tiempo que Daphne nos dice que sólo se enamoró una vez, y que no ha vuelto a conocer a nadie del que poder enamorarse de nuevo.

Daphne ou la belle plante hace una clara reivindicación de las prostitutas como mujeres con personalidad, carácter y sentimientos que van más allá del acto sexual y los intereses masculinos. Daphne parece sentirse orgullosa y exige respeto. Pide ser escuchada para que podamos conocer sus inquietudes y romper con los estereotipos. Daphne dice ser libre, se siente independiente como, paradójicamente, la hoja que es arrastrada por la corriente de agua y recorre el río hasta que se la ve desaparecer.

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