Atlantida Film Fest (V): debutantes y autores consagrados

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Es la función de todo festival de cine: descubrir nuevos talentos y, al mismo tiempo, mostrar los últimos trabajos de autores consagrados. El difícil equilibrio entre las novedades atractivas y los trabajos logrados de directores con experiencia es la clave del éxito para cualquier certamen. Dear White People, ópera prima del estadounidense Justin Simien, y Bird People, de la francesa Pascale Ferran, ilustran esta situación en el apartado Atlas del Atlantida Film Fest.

Tras trabajar en varios estudios de Hollywood, Justin Simien consiguió el aplauso de la crítica y el Premio Especial del Jurado al Talento Revelación en Sundance 2014 gracias a Dear White People, en la que denuncia el racismo de la sociedad estadounidense, tan de actualidad en los últimos meses, a partir de la experiencia de varios estudiantes afroamericanos en una universidad de mayoría blanca.

Con un tono combativo, mordaz, sarcástico e incluso cínico, el director norteamericano evidencia la pervivencia de la discriminación y el racismo explícitos y silenciosos en la era Obama. Una universidad convertida en metáfora de los Estados Unidos es el instrumento empleado para preguntar al espectador, en especial al ciudadano estadounidense, si está dispuesto a afrontar un problema crónico que se ha ignorado durante décadas y que solo en los últimos años parece haber estallado, sobre todo por la violencia policial. Y es que la llegada del primer presidente afroamericano a la Casa Blanca no ha cambiado las condiciones de vida para el 13% de la población de la primera potencia mundial. Al menos, no tanto como muchos esperaban y desde luego, muy poco en la normalización de las relaciones entre negros y blancos.

En una institución educativa (¿cualquier universidad estadounidense?) en la que el dinero marca las diferencias y garantiza o impide el acceso a los núcleos de poder, Simien refleja en sus personajes las diferentes actitudes de los afroamericanos frente al racismo, desde quienes subrayan las diferencias socioeconómicas y culturales como medio para exigir la igualdad efectiva de derechos hasta quienes pretenden integrarse, sin olvidar a aquellos que actúan con ambigüedad y modifican su discurso en función de la persona con la que se relacionan.

La joya de la corona en esta obra es el trabajo de los carismáticos actores, que se convierten en sus propios personajes con una asombrosa naturalidad. Pero, Dear White People también contiene ciertos defectos, principalmente, en el tramo final, lastrado por algunos giros de guion forzados y un desenlace algo más dulce y conformista que el resto del metraje.

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Bird People

Frente a un debutante de prometedora carrera, una autora consagrada que, sin embargo, no posee una filmografía muy extensa. Pascale Ferran debutó en el cortometraje en 1983 y desde entonces ha dirigido seis películas. La última, Bird People, participó en la sección Una cierta mirada del festival de Cannes 2014, si bien no obtuvo galardón alguno.

La cineasta gala se centra en dos personajes que comparten un mismo escenario: un hotel próximo al aeropuerto Charles de Gaulle. Gary Newman (Josh Charles) es un ingeniero de Silicon Valley de viaje de negocios en París que decide romper con su modo de vida. Audrey Camuzet (Anaïs Demoustier) es una joven estudiante que trabaja limpiando las habitaciones del establecimiento en el que el primero se hospeda. Es una historia grande y pequeña a la vez, de detalles, de ciudadanos anónimos que van de un lado para otro sin tener del todo claro los objetivo y aspiraciones de sus vidas inestables.

Ferran imprime a la película un tono lírico y poético, hasta encantador, lleno de humanidad y empatía por unos individuos que, como en la Trilogía USA de John Dos Passos, cruzan sus caminos de forma casual solo por unos instantes y continúan adelante. Sin embargo, la segunda mitad, con su contrapunto fantástico y cómico, no encaja por completo en el planteamiento inicial de Pascale Ferran. Bird People es, sobre todo, un filme inconsistente desde el punto de vista del tono.

De todas formas, se trata de una obra estimable y atrevida, si bien no del todo lograda, que la fotografía dinámica y las interpretaciones sutiles y auténticas de Josh Charles y Anaïs Demoustier realzan.

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