Atlántida Film Fest (IX) | Fish & Cat, Court, Pas à Genève y Taller Capuchoc

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El vuelo de la cometa: desazón en el Mar Caspio

“Tú ve tirando, yo me abrocho los cordones y enseguida te alcanzo”. Ella se aleja, lenta pero inexorablemente. De la misma manera, el hombre se pone en pie, escruta su alrededor, coloca una capucha sobre su cabeza, la misma que decide llevar la mano a la funda en la que guarda el machete. Música de chirriantes cuchillos abruma el ambiente. La distancia se reduce, las siluetas se alinean.

La trama: evento nocturno de voladores de cometas en una lúgubre región del Mar Caspio. Un grupo de estudiantes asiste. Paralelamente descubrimos una pequeña cabaña que funciona como restaurante regentado por tres extraños hombres. Un único plano secuencia de 134 minutos de duración irá con habilidad mezclando esas dos realidades, centrándose alternativamente en cada uno de los actos de los diferentes personajes. Píldoras de información van progresivamente llegando en el transcurso de un tiempo que no avanza, sino que vuelve sobre sus pasos como una circunferencia que, sin indicio ni aviso, nos acaba transportando a una espiral de la que no se atisba el fin. La originalidad técnica del filme le valió a su director, Shahram Mokri, un galardón en la 70 edición del Festival Internacional de Venecia.

Una absorbente atmósfera enrarecida envuelve la situación. Cuando más o cuando menos te lo esperas puede comenzar la matanza, la tragedia llegará de un momento a otro. Mahi va gorbeh (Fish & Cat) es la primera película iraní integrada dentro del slasher, un subgénero del cine de terror en el que un psicópata emprende el brutal asesinato de un grupo de jóvenes lejos de la protección adulta. La cinta rezuma inquietud, juega con la psique del espectador mientras poco a poco afila sus nervios para detonarlos al más nimio contacto.

Fish & Cat es un trabajo interesante, tanto por su contenido técnico como por la fría sutileza con la que aborda la muerte, la desgracia o la locura. El ambiente en conjunto es perturbador, espeso, grisáceo, la piel del espectador se eriza, sus venas se dilatan al mismo tiempo que la sangre se vuelve densa. Más pero más lenta. Una congestión emocional pretende salir a borbotones, pero no lo logra: hasta que en los compases finales del largometraje empieza a sonar el tema de nombre homónimo a la película. Muerte poética aunque no figurada. “La oscuridad puede ocultar algún secreto”.

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La toga de Mumbai

Quien pensase que en el subgénero cinematográfico judicial estaba todo visto deberá prestar atención a Court. Película india ambientada en Mumbai, oficialmente llamada Bombay desde 1995, donde un cantautor y activista político es absurdamente acusado por la inducción al suicidio de un trabajador del gobierno. A lo largo del filme iremos descubriendo la vida privada de los personajes afectados por el juicio, asistiendo al vaivén de los trazados que terminarán confeccionando un fresco limpio y preciso de la sociedad hindú de nuestros días.

Desde el Festival Internacional de Venecia hasta el National Film Awards. La trayectoria de este trabajo está fielmente abalada por numerosos premios en diferentes festivales. De hecho, su director, Chaitanya Tamhane, con un único largometraje en su haber, es considerado uno de los realizadores menores de 30 años con mayor proyección en el panorama actual.

Una crítica directa al sistema judicial indio trasluce de manera brillante tras la pantalla. La irracional detención del músico Lok Shahir Narayan Kamble por el suicidio de un hombre que acaba de asistir a su concierto habla por si misma. En esta historia inspirada en el caso real del también cantante y activista Jeetan Marandi, los profusos alegatos de letrado quedaran al margen para mostrarnos un discurso más sobrio y conciso: no hace falta grandilocuencia ni exacerbación emocional, los hechos son más que suficientes.

Tras Court muchos ojos estarán puestos sobre este joven director y, desde luego, de forma totalmente justificada. El desarrollo de la trama se produce de forma inteligente, con una estética fina pero sin excesos, contando aquello que se pretende con un hábil dominio de los recursos cinematográficos. El argumento se construye como un arroyo que discurre por un terreno abrupto; bifurcando su camino una y otra vez para terminar desembocando en el mismo sitio: el gran y devastador océano. Pocas veces el silencio se vuelve tan elocuente.

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Los locos de la cámara y cómo el tedio se convirtió en oro

¿Qué harías si te invitasen a pasar unos días en Ginebra? Quizá visitar la Catedral de San Pedro, descubrir la casa en la que Jean-Jacques Rousseau nació o contemplar el Muro de los Reformadores. Pero ¿entraría dentro de tus planes abstraerte de todo atisbo de población para llevar a cabo un ejercicio introspectivo-experimental rodeado de naturaleza?

Hace 5 años surge el colectivo lacasinegra, su objetivo: hacer cine. Aun así, su labor no se reduce a este género, sus actividades abarcan desde el videoarte hasta las instalaciones. En el verano de 2011 es invitado a Ginebra. Allí decide emprender la épica cinematográfica que tendrá como resultado el largometraje , donde se recorrerán los alrededores más próximos de la casa en la que se hospedan guiados por un mapa cartográfico y motivados por la extrema locura de grabar cada imagen y sonido que los acompañe durante las 24 horas de ese viaje.

Un trabajo en que cine y cotidianidad, sujeto y objeto pasean sobre el vano terreno de la ósmosis tal y como los integrantes del colectivo recorren los puntos, líneas y áreas del bosque ginebrino. Lacasinegra se traslada a una ciudad desconocida, donde todo les es ajeno y precariamente acogedor. Así se podrían resumir las propias impresiones que el colectivo mencionó de su aventura. Esa sensación de rareza y desasosiego que les acompañaba es ciertamente comparable con el inconformismo subversivo del movimiento 15M: estamos en un lugar políticamente extraño, no queremos adaptarnos a un entorno que consideramos hostil, no vamos a aceptar el status quo predominante.

Secuencias que muestran cámaras filmando planos. Cuatro visiones diferentes de un paisaje que pasa del bucólico romanticismo al tedio absoluto. El tiempo parece congelado en una fría bola de cristal que, por mucho que agites, no atenderá al movimiento que, lejano, intenta perturbarla. Recomendable dejarse llevar por los numerosos planos y más escasos diálogos. El resultado es genuino. No apta para aquellos que busquen una historia trepidante, sino adecuada para los adeptos a un cine más reflexivo. Una película de corte alternativo que incita a la meditación del espectador, que se ve avocado a ella por la insustancialidad superficial de una cinta en la que no ocurre, realmente, nada.

Para obtener más información sobre el colectivo lacasinegra, puede consultarse la siguiente página: http://lacasinegra.com/pas-a-geneve/el-proyecto

Pas à Genève

Acibarada dosis de posthumor

Cuando empiezo a describir las sensaciones que esta película me produjo tengo que admitir un hecho: no he acabado de congeniar con ella. Situaciones que rozan lo absurdo se repiten. Aun así, el primer contacto con el argumento prendió en mi el interés mediante extrañas conversaciones y personas caricaturizadas. Tristemente, llega un momento en que se reincide en el mismo recurso humorístico una y otra vez, el empleo de diálogos insustanciales, reiterativos y completamente faltos de elocuencia. Desde luego es un trabajo distinto y arriesgado, que se toma absoluta libertad tanto en el contenido como en la forma. Las transiciones entre secuencias adornadas por un mar de libros, literalmente, logran marear al espectador, resultado parecido al constante estado de inquietud y desconcierto que acompañan al protagonista.

Barcelona. El barrio del Raval. Librería La Central. Con este contexto uno esperaría encontrar unos personajes mínimamente cultos e interesantes. Pues bien, esto no ocurre. Más bien, todo lo contrario. Las personalidades que inundan la galería de personajes carecen de cualquier atisbo de carisma. El protagonista es un escritor barcelonés que acaba de publicar su primera novela. Un chico tímido, solitario, aburrido, reflexivo, insustancial, poco espabilado y adicto al café, que sin duda parece uno de sus pasatiempos más recurrentes. Además, su relación con la cafeína se descubre como la idea más profunda que su intelecto osa desgranar.

La narración comienza cuando el protagonista repara en su nefasta situación económica. Entonces, su editor le propone impartir un taller literario en una librería del barrio del Raval. El plan le horroriza en todos los sentidos, pero no tiene muchas más alternativas, por lo que termina aceptando. Conforme va pasando el tiempo, un conjunto de extrañas circunstancias, la falta de perspectiva de nuestro protagonista y la paranoia fruto de la ociosidad desembocan en la frenética certeza de que su editor, la encargada de la librería y sus alumnos están tendiéndole una lenta pero inexorable trampa que amenaza con destrozar su relajada existencia. ¿La solución? Fiarse del consejo de su más cabal y sabio amigo.

Taller Capuchoc (2014) es la última película de Carlo Padial: una sátira del mundillo cultural barcelonés protagonizada por el monologuista Miguel Noguera. Tanto director como protagonista se pueden englobar en una nueva tendencia denominada posthumor. El término fue acuñado por el crítico cultural Jordi Costa,  que él mismo definió como “la comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas.” A pesar de que su visión de esta innovadora manera de hacer humor ha sido discutida, nadie duda de que los mecanismos para activar la carcajada están cambiando.

Taller_Capuchoc

He de reconocer que puedo entender la existencia de opiniones rotundamente positivas ante esta película. De hecho, lamento no haber encontrado la forma de disfrutar de una risueña experiencia con ella. Por eso mismo espero que quien la vea logre empatizar con su comicidad. Sin embargo, una idea ha quedado fija en mi cabeza: sálveme Dios de tener algún día por sueño convertirme en escritor. ¡Que el Señor nos coja confesados!

Viaje hacia la realidad

Desolación. Insectos inundan el suelo. Realidad. Un juguete se interpone entre su paso. África. Secuencias que destilan tristeza. Seguro que en algún momento de su vida han conocido una situación, visto una imagen o escuchado una historia que les ha desgarrado el corazón e intestinos, les ha producido tal impresión que inevitablemente les llevó a una reflexión existencial acerca de uno mismo y de la humidad como especie. La sensación de desasosiego y culpabilidad que la precede puede abrumar a cualquiera.

Cuando el director francés Hubert Sauper decidió emprender este proyecto, conocía cual iba a ser su resultado. Ya su primera película, La pesadilla de Darwin (2004), creó una gran conmoción en el público. La temática en We come as friends varía pero se mantiene en una línea altamente paralela; la localización vuelve a ser África y la explotación de sus tierras y gentes el contenido. La función social que cumplen este tipo de documentales es imprescindible, por este mismo motivo, mereció el reconocimiento a nivel internacional en festivales como el Sundance y la Berlinale, ganando el premio especial del jurado por la valentía cinematográfica y el premio cinematográfico de la paz respectivamente.

Hubert Sauber sobrevuela Sudán en un avión de fabricación casera. Este será el medio de transporte del realizador y su equipo. Diferentes personas irán apareciendo tras la pantalla: trabajadores de la ONU, misiones cuyo objetivo es vestir a los lugareños desnudos, empresarios e inversores que pretenden hacer un buen negocio aprovechándose de la situación en el país. También habrá lugar para los propios sudaneses, hartos de falsos amigos que se llevaron sus promesas junto con la ilusión inocente de aquellos a los que engañaron.

Un largometraje desgarrador, con una ejecución lograda y muy bella. Una delicia cinematográfica que deja con mal sabor de boca; sabor de impotencia, de indignación, pero al fin y al cabo un gusto necesario para que las injusticias existentes no pasen desapercibidas. We come as friends es un desolador retrato de una realidad que en ocasiones tenemos demasiado lejana.

El imperialismo no ha desaparecido, un proceso de metamorfosis, tan o más espeluznante que el sufrido por aquel personaje de Kafka, se descubre como cierto. Los colonos siguen mandando desde la metrópolis, solo que ahora, debido al cosmopolitismo y la universalización cultural, la bandera que ondea al viento ya no es la de un país, sino la que gobierna un estilo de vida y unos ideales propios de los estados del primer mundo.

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