Aprendiendo a Conducir | Aprendiendo a entretener

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Por Carlos Fernández

Dentro de la relación amor-odio, más odio que amor últimamente y merecidamente,  que tenemos muchos cinéfilos hacía Isabel Coixet, Aprendiendo a conducir  es lo más decente y menos pretencioso que nos ofrece la directora catalana en mucho tiempo.

Tras batacazos sin ritmo y lleno de clichés como Ayer no termina nunca (la directora dijo en una entrevista que la comparaban con Ingmar Bergman y ese orgullo tan absurdo roza hasta lo cómico) o Mi otro yo nos propone una historia más humana y divertida donde la directora muestra su cara más sensible, que la posee aunque se esfuerce en afirmarse como una sentimentaloide, pero esa cara sigue faltándole estructura y desarrollo para sus personajes.  Wendy (Patricia Clarkson) es una escritora de Manhattan que decide sacarse el carné de conducir mientras su matrimonio se disuelve. Para ello toma clases con Darwan (Ben Kingsley), un refugiado político hindú de la casta sij que se gana la vida como taxista e instructor en una autoescuela.

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La unión intercultural y el deterioro del matrimonio de la protagonista ya hacen presagiar mucho de lo que va a ocurrir en pantalla, sin embargo, la película entretiene y se deja ver bastante bien en comparación a muchas de las anteriores películas de la directora. El montaje (la montadora de Scorsese la monta) muy trabajado, el guión juega sin arriesgar en temas del corazón por lo que nunca parece contar nada nuevo más que lo que cualquier espectador ya sabe, la fotografía, así como todo lo técnico en esta directora, bastante cuidada.

Aprendiendo a conducir es en definitiva nada nuevo y bastante olvidable pese a que se pueda echar alguna risa en el cine. Al menos se agradece la presencia de dos grandísimos actores como Patricia Clarkson y Ben Kingsley que siempre hacen más agradable el camino. No es una mala película pero tampoco buena.

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