¿Quién quiere ser Jordan Belfort?

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Un artículo de Carlos Fernández

Amamos a personajes en la pantalla que en la vida real odiaríamos. Las películas de Martin Scorsese están plagadas de personajes que nos hacen reír y que saben ganarnos en sus apariciones. Casos como los gangsters de Uno de los nuestros o el Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) de El lobo de Wall street nos muestra como el lado más perverso que hay en nosotros puede resultar tan divertido como seductor. El éxito de la argentina, y reciente nominada a los Goya,  Relatos salvajes, se debe en mi opinión a ser un film liberador y para eso hay que saber conectar con el espectador. Sin embargo ¿puede empatizar el espectador con unos personajes que pierden el control al margen de la ley y las normas establecidas por la sociedad como es el caso de esta película argentina? Quizá sea la magia más seductora del cine, ser alguien despreciable o políticamente incorrecto durante dos horas sin que nadie te diga nada. El público en esos casos se enamora de los malos por qué en el cine suelen ser  siempre los más divertidos.

Jordan Belfort rompe la cuarta pared para hablarnos de sus chanchullos y tratarnos como idiotas afirmando que lo que él dice es incomprensible para nosotros. Su narración se centra en la concentración de su ego y en el desprecio hacia nosotros mismos, los espectadores. Sin embargo el espectador, a pesar de saber que el protagonista se ríe de nosotros, se ríe con él. No creo que nadie pudiera soportar a un Belfort en su vida o en su barrio sin odiarlo a muerte o cualquiera de los personajes de las películas de Scorsese en general a diario. Scorsese, que no es tonto, confía en el espectador y sabe que él querría tener esos coches, esas mujeres, esa casa…por qué sí, es cierto, Jordan Belfort es un superficial, un mentiroso y probablemente la peor calaña humana existente pero durante las 3 horas de película todos quieren ser Jordan Belfort. Estas películas funcionan como un túnel a la cabeza de John Malkovich( Como ser John Malkovich) en el que el ciudadano medio, asqueado de su vida de clase popular/media, decide ser alguien con “éxito” (ojo también al ¿Qué es el éxito?) durante 20 minutos, ese túnel se llama cine.

Con películas como El padrino o cualquiera de Tarantino pasa exactamente lo mismo. Todos queremos ser los “buenos” de las pelis de Tarantino, aquellos que se toman inmaduramente la justicia por su mano. Pero bueno, inmaduros o no, todos queremos ser ellos y los apoyamos en sus acciones y justificaciones de sus actos. Es difícil no conectar con la seducción del mal que en el cine es tan divertida y directa. El cine no es la vida y la vida no es  como en el cine, por eso es una suerte que exista esta forma de arte que invade nuestra cara más mala sin destrozarnos, más bien embelleciéndonos. Embellecernos en toda nuestra imperfección, aceptando que la vida es imperfecta, nosotros y el mundo. Ojo, esto no quiere decir que no haya que ver las películas con sentido crítico pero si ser conscientes de que es interesante pensar que en la vida real nuestra cara más fea es fea de verdad y en el cine, un lugar a oscuras donde nadie se conoce, es una oscura realidad bella y sincera.

Cuando se apagan las luces, todos hacemos un trato con nuestra cabeza para creernos todo lo que nos van a contar, ya sea que dos hobbits van a Mordor o que unos tiparracos azules quieren ser ecologistas en Pandora. Nos lo tragamos y no juzgamos como en la vida real, juzgamos en una sala de cine, un mundo ficticio dentro del mundo real. La evasión de nuestra vida es un ideal romántico y el cine, por lo tanto, lo es. Usamos los personajes que nos caen mal para caernos bien nosotros y sonreímos al ver a aquellos que son imperfectos, se equivocan y lloramos al ver a quienes son tratados injustamente. Es una de las muchas magias del cine, el hacernos ver que nuestra imperfección y nuestros errores son divertidísimos.

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