Filth | De Hércules a Judas: el antihéroe escocés.

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Por Manuel Lorenzo

Los escoceses son gente maravillosa, enuncia sarcásticamente el detective Bruce Robertson. Él, desde luego, sí es una persona magnífica: amante del alcohol y las drogas, de la pornografía y la prostitución; arrogante y soberbio por defecto. Consecuentemente con sus vicios y actitud, ostenta una desalmada y más que 2egoísta moral, un maquiavélico: “el fin justifica los medios”, cuyos propósitos no buscan, ni por asomo, el bien común. El objetivo que le obsesiona, y por el cual no dudará en comportarse de una forma repugnantemente miserable, no es otro que el ascenso a inspector de policía. Sin embargo, algo muy oscuro y doloroso se esconde bajo esa capa de porquería y superficialidad, algo que, a causa de su virulencia, debe quedar profundamente enterrado en lo más remoto de su cabeza y corazón.

El precedente de esta película lo encontramos en la literatura del escritor escocés Irvine Welsh, en su obra Escoria; sin embargo, el celuloide poco tiene que ver con el libro en la manera de narrar la historia. Aunque la construcción y el desarrollo de los personajes es similar, los que hayan leído la versión impresa verificarán que la voz de la consciencia del detective, presentada mediante una desagradable solitaria que deambula por sus intestinos, ha sido suprimida en el filme. De todas formas, el director de Filth, Jon S. Baird, logra encontrar una alternativa ingeniosa para suplir la mencionada falta.

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El cineasta, también procedente de Escocia, estrenó este trabajo en Reino Unido, el país de origen del negativo, el año pasado, y llegará a nuestras pantallas el viernes 31 de octubre. A pesar de no ser Jon S. Baird un nombre especialmente conocido en nuestro país, ha participado en otras películas de notable éxito, como pueden ser Hooligans (2005) o Cass (2008).

El repulsivo protagonista, Bruce Robertson, está perfectamente encarnado por James McAvoy. Su personaje se encarga de explicar los hechos que van sucediendo, desde una perspectiva sumamente subjetiva, y de contarnos su peculiar visión de la realidad: la vida es un juego, así que para ganar hay que competir según tus propias reglas, apostar y arriesgar, pues ¿quién quiere participar para finalizar perdiendo? Solo los fracasados: el manipulable e inocente ricachón personificado por Eddie Marsan, su “entusiasta de la nieve” y desquiciado compañero de trabajo interpretado por Jamie Bell o la inútil aduladora en grado superlativo de Amanda 3 Drummond, papel de Imogen Poots. En definitiva, a ojos del protagonista todo el monte es orégano.

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Humor ácido e incombustible no falta en esta trama; un matiz cómico y despreocupado se observa en el modo en que se desarrollan los acontecimientos. No obstante, por momentos, las situaciones adquieren un cariz de inconsistencia; algo falla, todo está demasiado idealizado. La pretensión inicial de no querer dar una atmósfera tan dramática a lo ocurrido, en relación al carácter del desenlace narrado, acaba constituyendo uno de sus puntos más débiles. La estética, poco atractiva, tampoco colabora para nada en la consecución de un gran producto.

Para bien o para mal, estamos ante una cinta con vertiginosos sobresaltos. No será fácil anticiparlos, a alguno hasta le llegarán a sorprender profundamente. Filth es, en conjunto, un filme interesante, idóneo para los amantes del cine y la novela de género policiaco y negro, en donde la trama gira más en torno a los conflictos internos del protagonista que alrededor del crimen ocurrido. Aunque con sus visibles carencias y posibles mejoras, no deja de ser un largometraje con un guión bien configurado. Una película que suscitará emociones y sensaciones en el público: comenzará helando la superficie de tu cuerpo, continuará apretando tu corazón en su puño, para terminar depositando una lágrima en la comisura de tus ojos.

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